miércoles 31 de agosto de 2011

Nuestra amada Constitución




Lo declaraba David, el salmista, en sus salmos (Sal.119.97). De hecho, dedicó gran parte de sus salmos a cantar sobre la ley de Dios, prueba de esto es el capítulo 119, el más largo de todo el libro de los salmos.
Bien sabemos que la biblia no fue creada para tener capítulos ni versículos, pero quien o quienes se encargaron de clarificarla de esa manera para facilitarnos la lectura y estudio, pusieron las palabras de David en un sólo paquete que terminó siendo el capítulo más largo. Otra cosa interesante es el orden previo que tiene el Capítulo 119, enumerándose con las letras del alfabeto hebraico (cada letra además significa un número en el alfabeto hebraico).
Sin embargo, algo de ese anhelo o clamor de David por la ley de Dios se ha ido perdiendo en las generaciones que le siguieron. A través de la historia se ha esfumado este mismo deseo del corazón del salmista por correr en los mandamientos de Dios (Sal. 119.32) y ha sido reemplazado por los deseos nacidos de la naturaleza humana, de esos deseos escondidos en la profundidad del hombre, que apartado de la ley de Dios, sólo anhela satisfacer sus necesidades haciendo lo que le plazca.
¿Que nos ha sucedido? ¿Porqué el mundo está como está? La respuesta es simple, hemos dejado que las leyes del hombre ocupen el lugar en nuestro corazón, en donde debería estar la hermosa Ley de Dios.

Jesús claramente nos dijo antes de ascender a los cielos en Jn 14.21 que si lo amamos es porque guardamos sus mandamientos. ¡Oh! Si tan sólo guardáramos sus estatutos, venceríamos. Seríamos verdaderamente libres. (Sal.119.77)

No nos abandonemos a nuestros deseos, porque las leyes de este mundo nos han dicho cuales son nuestros derechos y deberes, pero si amamos a Dios realmente entendemos que nuestros derechos se encuentran en su Ley.
Tampoco entendamos su ley como una molestia o carga, ¿es que acaso las leyes actuales son una carga para nosotros? ¿Cierto que no?, más bien son la delimitación necesaria para vivir civilizadamente. Así también los mandamientos de Dios nos muestran como funciona su Reino y mejor aún nos apuntan constantemente a que hay en su corazón, que es lo que Él respeta, ama, etc. Es por eso que los mandamientos nos acercan a él si es lo que deseamos y no nos alejan de él. (1Ti1.5-8)
Es mi deseo cada día poder amar más su palabra, sus estatutos y que la tierra entera pueda clamar a Dios con un corazón hambriento y sediento por su Ley. (Sal. 119.48)

Creo que ese día llegará, ese día en que la tierra grite y declaré de Dios: "Gracias por darnos nuestra amada Constitución de tu Reino"

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